Durante gran parte de las últimas dos décadas, Volkswagen parecía intocable. El grupo alemán se convirtió en el fabricante de automóviles más grande del mundo, superando a gigantes como Toyota y General Motors, mientras marcas como Volkswagen, Audi, Porsche, Škoda y SEAT dominaban mercados clave en Europa, China y América.
Sin embargo, once años después del estallido del Dieselgate, la realidad es muy distinta. Recortes masivos de empleo, caída de utilidades, pérdida de participación de mercado en China, presiones sindicales, amenazas de cierre de plantas y una profunda reestructuración han colocado a Volkswagen en una de las etapas más complejas de su historia moderna.
Pero ¿cómo fue que el fabricante que definió la industria automotriz europea se convirtió en una empresa obligada a reducir miles de puestos de trabajo para sobrevivir?
El inicio de la caída
El punto de quiebre ocurrió en septiembre de 2015, cuando autoridades estadounidenses descubrieron que Volkswagen había instalado software capaz de alterar las pruebas de emisiones en millones de vehículos diésel.
Lo que inicialmente parecía un problema técnico terminó convirtiéndose en uno de los mayores escándalos corporativos de la historia industrial.
Las consecuencias fueron devastadoras:
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Impacto del Dieselgate |
Magnitud |
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Vehículos involucrados |
Más de 11 millones |
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Multas y compensaciones |
Más de 30 mil millones de euros |
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Mercados afectados |
Global |
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Directivos removidos |
Decenas |
Más allá del golpe financiero, el Dieselgate destruyó uno de los activos más importantes de Volkswagen: su reputación.
La empresa necesitaba reconstruir su imagen y demostrar al mundo que había cambiado.

La apuesta total por la electrificación
Como respuesta, Volkswagen decidió acelerar su transformación hacia los vehículos eléctricos, destinando decenas de miles de millones de euros al desarrollo de nuevas plataformas, baterías y software, una estrategia que parecía lógica: Europa endurecía regulaciones ambientales, Tesla crecía rápidamente y numerosos gobiernos anunciaban restricciones futuras a los motores de combustión.
Sin embargo, Volkswagen apostó prácticamente todo a una sola carta. Mientras fabricantes como Toyota continuaron desarrollando híbridos, y marcas coreanas como Hyundai y Kia diversificaron tecnologías, Volkswagen concentró gran parte de sus recursos en los vehículos puramente eléctricos.
El problema fue que el mercado no evolucionó tan rápido como preveían en Wolfsburg.

China cambió las reglas a nivel global
Durante años, China fue la principal fuente de ganancias para Volkswagen. La marca alemana llegó a ser considerada casi una marca local por millones de consumidores chinos. Pero la llegada de fabricantes como BYD, Geely, Chery, Xpeng, Li Auto y Xiaomi transformaron completamente el panorama.
Las empresas chinas comenzaron a lanzar productos tecnológicamente más avanzados, con ciclos de desarrollo más rápidos y precios considerablemente más competitivos; mientras Volkswagen tardaba años en desarrollar nuevas plataformas, los fabricantes chinos reducían sus tiempos a prácticamente la mitad.
El propio director general del grupo reconoció recientemente que Europa tiene mucho que aprender de la velocidad de desarrollo de la industria china.
Lo que antes era una ventaja competitiva se convirtió en una desventaja.
El problema del software
Otro de los errores más costosos fue la creación de Cariad, la división de software encargada de desarrollar la arquitectura digital de los futuros vehículos del grupo.
Volkswagen quería competir con Tesla no solamente en electrificación, sino también en experiencia digital.
Los resultados estuvieron lejos de lo esperado. Retrasos, fallas, sobrecostos y problemas de integración afectaron múltiples proyectos estratégicos.
En lugar de convertirse en una fortaleza, el software se transformó en un dolor de cabeza multimillonario. Se dice que tuvieron que recurrir a China para poder mejorar sus errores de software. Además, recientemente Bosch puso fin a la alianza que mantenian con Cariad en temas de conducción autónoma.

¿También cayó la calidad?
Este es quizás el aspecto más difícil de medir, pero también uno de los más mencionados por clientes y analistas.
Durante décadas, Volkswagen construyó su reputación ofreciendo productos que se percibían por encima del promedio de su segmento. Volkswagen, para varios, se adelantó al término "generalista premium", especialmente en la era de Ferdinand Piëch. El Polo de tercera y cuarta generación, los Golf de cuarta y quinta generación, el Beetle o el Jetta/Bora, fueron autos muy alabados por sus terminaciones, el peso de las puertas, su sensación de calidad y en algunos casos, por acercarse peligrosamente a los estándares de Audi. Esto incluso se notó en las otras marcas del Grupo Volkswagen como Skoda o SEAT.
Pero con el tiempo, esa percepción comenzó a erosionarse. Interiores simplificados, la eliminación de controles físicos, la dependencia excesiva de pantallas táctiles y algunos problemas de software generaron críticas constantes. No significa necesariamente que los vehículos sean malos, sino que ya no se sentian especiales.
Y en una industria donde la percepción es tan importante como la ingeniería, eso representa un problema enorme.

La desaparición de los modelos icónicos
Volkswagen también enfrenta una crisis de identidad. Durante muchas décadas tuvo vehículos capaces de definir generaciones completas como el Escarabajo o el Golf, los que generaban un vinculo emocional muy especial con sus clientes y que además lograron trascender la cultura automotriz. Pero con el tiempo, los íconos dieron paso en ventas a los SUV y por otro lado, la marca tuvo que modificar algunas plazas de producción. Eso, sin contar a la nueva familia ID de autos eléctricos, que Volkswagen pretendía transformar en el nuevo corazón de la marca.
Finalmente el Beetle desapareció, el Golf pasó a un segundo plano y los modelos ID no fueron capaces de generar esa conexión especial con los clientes y mucho menos el impacto cultural o comercial de sus predecesores.

Los despidos de 2026
La situación alcanzó un nuevo nivel este año. Volkswagen anunció la eliminación de aproximadamente 19 mil empleos, mientras analiza medidas adicionales para reducir costos.
La compañía también ha reducido puestos directivos, revisado inversiones y negociado con sindicatos para evitar cierres de plantas en Alemania.
La presión proviene de múltiples frentes:
- Menor rentabilidad.
- Competencia china.
- Costos laborales elevados.
- Debilidad económica europea.
- Aranceles estadounidenses.
- Menor crecimiento de los vehículos eléctricos.
Lo que durante años parecía impensable, ahora forma parte de las conversaciones cotidianas dentro del grupo.

La crisis todavía no toca fondo
Si alguien pensaba que los 19 mil despidos anunciados para 2026 eran el final del ajuste, las noticias más recientes indican exactamente lo contrario.
Esta semana, la dirección de Volkswagen informó a los representantes sindicales que los recortes actualmente acordados ya no serían suficientes para recuperar la competitividad del grupo. La empresa todavía no ha revelado una cifra definitiva, pero diversas versiones provenientes de Alemania apuntan a que el fabricante analiza el cierre de hasta cuatro plantas y una reestructuración que podría elevar los recortes laborales hasta cerca de 100 mil puestos en los próximos años.
De confirmarse, estaríamos frente a la mayor reestructuración en la historia moderna de Volkswagen y una de las más grandes que haya enfrentado la industria automotriz global. La propia compañía reconoce que su modelo de negocio tradicional ya no funciona bajo las condiciones actuales: una competencia china cada vez más agresiva, aranceles en Estados Unidos, debilidad económica en Europa y una transición tecnológica que ha resultado mucho más costosa de lo previsto.
El fabricante que durante décadas fue considerado el símbolo de la fortaleza industrial alemana ahora lucha por reducir costos para garantizar su supervivencia. Y aunque Volkswagen sigue siendo uno de los mayores grupos automotrices del mundo, las señales indican que la crisis iniciada con el Dieselgate hace once años todavía está lejos de terminar.